viernes, 27 de noviembre de 2015

La noche más larga


Fue nuestro partido del siglo. No fue el mejor, no fue el más vistoso y si preguntan por los aledaños del Parc des Princes probablemente ya nadie recuerde ni el desembarco de guiris cántabros, ni el gol de Colsa ni siquiera quien jugaba de '9' en el PSG aquella noche.

Aquel París era otro. No era la superpotencia de hoy que “a lo Bayern” arrasa en su liga nacional y que como un vulgar equipo inglés cae en cuartos en Champions. Aquel PSG era más canalla y más auténtico, con sus movidas y sus violentos, con sus rojos y sus azules haciéndose frente, con la extrema izquierda en Auteuil, con la extrema derecha en Boulogne. Llegaron los millones, las estrellas, la Champions.

Aquel Racing era otro. Seguía siendo un equipo al borde del descenso pero no al borde la desaparición. Aquel Racing era igual de auténtico, con su Fuente de Cacho, con su pequeño Anfield, con sus verdes y sus blancos que en aquel entonces iban todos a una. Al carro de la victoria se sumaron todos. Demasiados para un carro tan pequeño en el que ya viajaba José Campos. Se fueron los millones con los Chorizos, las estrellas tipo Gonçalves, se nos fue casi el último hilo de vida.

Siete años dan para mucho en el subibaja del fútbol. Lo peor del tiempo es que da pie a los recuerdos. La gélida noche de París solo me trae pésimos recuerdos porque allí se gestó el desastre. París fue lo mejor y lo peor que nos pasó. Un día de la bestia a lo Pernía. Me quedo con el “Colsazo”, el relámpago antes de la larga noche. Me quedo con la palmada en la espalda que le di a Pinillos aquel día que me lo encontré en el Metro. Con la suerte de haber visto mi equipo en mi ciudad, mi Racing en mi París y las palabras de mi abuelo: “tus nietos no volverán a ver esto”. Me conformo con que no vean un Racing-Somozas.

Fue el final de una etapa y el comienzo de otra peor. No debemos castigarnos, pero sí castigar a los culpables. No debemos flagelarnos en exceso pero tampoco prometer con tanta alegría que volveremos. Partidos del siglo sólo jugamos uno, este. Nuestra cima culminó en lo alto de la Torre Eiffel y la hostia que nos pegamos después no fue de 300 metros pero bien podría durar 300 meses.

París fue nuestra fiesta. Salimos de allí borrachos de felicidad, como cubas, atropellando los cubos de basura hasta acabar en las alcantarillas. Próxima parada de nuestra larga resaca tras una noche tan larga: Tudela.

Paris, à bientôt…et à jamais.

Pierre Mahe

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