lunes, 21 de diciembre de 2015

Nunca jugaremos en Anfield


El último partido que vi en un estadio fue el Arsenal – Liverpool de hace un par de meses que presencié de pie junto al puñado de aficionados reds que bajaron a Londres para verlo. En casi tres años viviendo en Londres he visto campos miserables con aficiones estupendas (AFC Wimbledon), campos mediocres con aficiones a juego (Charlton) e incluso el campo que copiaron para hacer el nuevo Sardinero: Loftus Road.

Volviendo al Arsenal – Liverpool, mientras mis vecinos no paraban de animar a un equipo que daba por bueno un empate a cero, el resto del Emirates Stadium veía el partido como el que va al cine en el Reino Unido: en silencio y con una cerveza en la mano.

El contraste es el mismo que hay entre el viejo y el nuevo Sardinero. Esta vez no hablo de estadios, hablo de ambientes. Cuando en los noventa iba al estadio cada dos semanas El Sardinero era un estadio frío donde la gente sólo animaba cuando el equipo iba ganando. Como en el campo del Arsenal. Eso ha cambiado, y no soy capaz de poner el dedo en el momento en que cambió. Quizá fue la Fuente de Cacho del primer año de Marcelino. Quizá fueron los descensos. Quizá el plante en Copa.

Por lo que sea ahora la afición de El Sardinero, a lomos de la incansable Gradona de los Malditos que habita el fondo norte, se ha convertido en un modelo a escala de Anfield Road, el estadio del Liverpool.

Y eso que Santander ha visto mucho infrafútbol, que dice Enrique Ballester. Lo de ayer por la tarde pintaba mejor de lo habitual: venía el otro Racing, el de Ferrol, vestido de líder. El Racing llevaba cinco victorias seguidas. Y además hacía suficientemente bueno como para tomar el blanco y las rabas en la calle.

Munitis apostó por hacer un Guardiola y salir 4-6-0, con Dioni en banda izquierda y Coulibaly de falso nada. Sostenido por los treinta y siete años de Caneda atrás y empujado por el talento de Granero y Dani Rodríguez en el medio, el Racing manejaba el partido pero llegaba arriba sin jugadores para rematar. En una de ésas Dani acertó a infiltrar un balón en la espalda de la defensa del Ferrol y Dioni puso el uno a cero.

Llegó el descanso y la megafonía se atacó con el Sorry de Justin Bieber. Una disculpa profiláctica ante la paparda del equipo al arrancar el segundo tiempo.

Óscar Santiago se apuntó al cásting de nuevo José Ceballos hasta que en un córner tan bien atacado como mal defendido César Caneda puso el segundo. Con el equipo encerrado atrás, Munitis quitó a Coulibaly y puso a Dioni a hacer lo que sabe: jugar de nueve. Bajó melones, aguantó de espaldas, incordió a la defensa, sacó contras… Su segundo tiempo fue un clinic para los chavales de la cantera que veían el partido desde la grada. Con un gol extraño y los gallegos convirtiendo cada balón parado en un drama, la Gradona era la única sección del estadio que parecía no aguantar la respiración. Con el equipo contra la pared, un balón largo ganado por Dioni acabó en el tercero del Racing.

Seis victorias seguidas, el equipo segundo y media liga por jugarse. Probablemente  ninguno de los jugadores de Pedro Munitis llegue nunca a jugar en Anfield, en el Emirates o ni siquiera en Loftus Road, pero todos podrán decir que jugaron de locales en los Campos de Sport de El Sardinero. Qué importa si fue en Segunda B.

Adrián Mediavilla

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