domingo, 21 de febrero de 2016

Los cuatro milagros de San Nando Yosu



En las ciudades pequeñas como Santander se celebran las permanencias sobre la bocina como si de títulos se tratase. Sólo así se explica que un entrenador salga a hombros después de ganar un partido a Osasuna. Aunque también es verdad que Nando Yosu no es un entrenador normal. Posiblemente ni siquiera sea un entrenador. Es algo más. Es un héroe. Es un genio. Nando Yosu es un tipo sencillamente milagroso.

Probablemente es, también, un caso único: entre 1996 y 2006, Yosu salvó al Racing cuatro veces de bajar a Segunda. La única vez que descendió en ese periodo fue cuando en lugar de apostar por el entrenador milagro la directiva decidió contratar a un mediocre paraguayo llamado Gustavo Benítez.

Su mérito no era tanto ser extraordinario en la pizarra sino normal fuera de ella: a Nando Yosu siempre se le veía paseando por el paseo que bordea la arena de la playa, tomando un vino en el Erika, uno de los bares agazapados bajo el casino de Santander. Siempre vestido impecable, el pelo peinado hacia atrás y sistemáticamente con las cejas, enormes y arqueadas, listas para hablar de fútbol con quien se lo pidiese.

Lo de Yosu fue siempre un éxito allá donde el fracaso parecía seguro: para empezar, ni siquiera era cántabro, sino vasco de Munguía, en Vizcaya. Nando Yosu hizo carrera como jugador en Cantabria, primero en clubes pequeños, luego en el Racing, que le vendió al Valencia. Acabó su carrera en la Gimnástica de Torrelavega, donde a los treinta años ya era entrenador del equipo. La primera vez que a Yosu le pusieron al frente del equipo fue en 1996. El Racing de Vicente Miera jugaba como nunca y perdía como siempre. Yosu lo dejó en Primera sin darse mayor importancia, y tampoco reclamó quedarse en el banquillo del club la temporada siguiente como pago por sus servicios. Tras aquella experiencia, otras tres veces se convirtió en salvador del equipo hasta que llegó la última y definitiva, con el equipo hundido y Yosu en el banquillo porque no había nadie más para comerse aquel marrón.

Mientras a gente como Nando Yosu hay clubes que le habrían dado un cargo de por vida o puesto una estatua a la entrada del estadio, en Cantabria más de un político se hizo la foto con él antes de que el Racing le diese las gracias por los servicios prestados y le jubilase de un día para otro. Cosas no tanto de clubes pequeños como de dirigentes pequeños. De gente pequeña. Años después le pusieron su nombre a los campos de entrenamiento del club, pero ya era tarde para él: el alzheimer hizo que el tipo más inolvidable de la historia del Racing no recuerde nada de su aventura verdiblanca.

Adrián Mediavilla

Capítulo extraído del libro 'Ayer te vi que subías'

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